El sol resplandecía y sus rayos cegaban a
la vez , hacia un terrible calor, sin duda el verano había llegado, se apoyó
en el árbol del pequeño jardín y recordó todo lo que le había pasado.
No podía creer que solo fue hace unos días cuando cabalgaba con Lykaos
en el monte Ida, comiendo frutos silvestres mientras él tocaba la lira y
cantaba con esa melodiosa voz que poseía. Sólo por un estúpido tratado con
Atenas la habían tenido que casar con su
príncipe, si su padre supiera lo frio que era Eustace con ella. Pero pensándolo bien que iba
a reclamar, su palabra nunca había sido escuchada aun siendo la princesa de Creta. Siempre le
decían lo que tenía que hacer y si daba un reclamo se le prohibía salir, aún
recordaba lo que su padre le había dicho:
-Raissa
por favor deja de discutir.
-Pero
padre, no puedo casarme con el príncipe de Atenas-le dijo rogando-Soy floja,
odiosa, no muy inteligente, tampoco no soy tan bonita que digamos, terca, tengo
varios defectos. ¡No lo merezco!
-Raissa
nada de lo que me digas va a hacer que cambie de idea, vas a ser su esposa y
punto-no estaba gritando, pero eso no significaba que no estuviera
molesto-Además deja de reclamar cada vez que se te pide algo, entiende tu
lugar-se había quedado muy molesta con su padre, sin lugar a dudas los dioses
no estaban de su lado.
Extrañaba su casa, a sus sirvientes, a su
pajarito y a su caballo. Pero sobre todo extrañaba a Lykaos, su amigo del alma, su fiel
confidente, su todo…, si Lykaos estuviera ahí por lo menos no se sentiría tan
vacía. El día que su padre anunció su compromiso, Lykaos desapareció y no lo encontró hasta
entrada la noche. Estaba en la cueva que habían descubierto unos días antes-“No quiero que te vayas”-le dijo -“No puedo hacer nada, lo siento”.
Lykaos…, como lo extrañaba.
-¡Raissa!-la llamo Eustace-ven aquí.
No podía contradecirlo aunque quisiera, no
le gustaba que le ordenaran aunque siempre lo habían hecho. Cruzó el pequeño
jardín y se puso en frente del príncipe ateneo. Eustace no era feo, no, era muy
guapo, su cabello rubio brillaba como el sol y sus ojos azules eran dos enormes
zafiros. Pero no se comparaba con Lykaos, tenía el cabello castaño y unos
encantadores ojos verdes en su cara de niño pero cuando lo mirabas bien se
notaba que era todo un hombre.
-Que deseas Eustace-le dijo con frialdad-no
estoy de hum…-cuando se dio cuenta Eustace ya la había tomado por la espalda y
la había pegado a su pecho, mientras se habría paso hacia su boca. Intentó
empujarlo pero él no la dejó, la estaba besando con fuerza. De un momento a
otro la soltó.
-¡Como te atreviste a besarme!-le dijo
echando chispas por los ojos.
-¡Eres mi esposa, acostúmbrate!-se sintió
pequeña por su grito-Además mis padres esperan que les demos su tan esperado
nieto, si no te controlas hago que tu pequeño paraíso se convierta en una de las otras tantas
habitaciones-no podía quitarle su adorado jardín, era el único lugar donde
encontraba paz- ya estas advertida -se dio la vuelta y desapareció.
¡Ay! Cuanto lo odiaba, pero como había
dicho Eustace, tendría que acostumbrarse.
Se despertó sobresaltada por un ruido, se
paró con cuidado dispuesta a salir corriendo si algo o alguien estaba en su habitación cuando la abrazaron desde
atrás y le taparon la boca, estaba asustada cuando su supuesto atacante la miro
a los ojos. Eran unos hermosos ojos verdes, de in mediato supo de quien se
trataba, le quito la mano de la boca.
-Lykaos…-dijo sollozando-casi me matas del
susto-Lykaos sonrió.
-Rai como te extrañe-la abrazó muy fuerte,
como si en cualquier momento pudiera desaparecer- todas las mañanas al
despertar caminaba al palacio dispuesto
a encontrarte, pero luego recordaba que te habías ido.
A Raissa se le destrozaba el corazón al
pensar en Lykaos y al parecer a él también, sin pensarlo lo beso, sus labios
eran suaves y gentiles, no como los de Eustace que eran firmes y violentos, Lykaos se separó un poco de
ella.
-Raissa te amo-Raissa sintió como su
corazón se agitaba y en su estómago que unas pequeñas patitas le caminaban, se
sentía completa, lo amaba con toda su alma.
-Yo también te amo-Lykaos la acerco
lentamente y le dio un tierno y delicado beso.
-Huyamos junto Rai, por favor, huye
conmigo-Raissa no lo pensó dos veces antes de contestar, no le importó lo que
les podía pasar después.
-Sí, llévame contigo.
Lykaos la sacó de la habitación con cuidado
de no hacer ruido, seguro que si los escuchaban lo mataban y a ella seguro la
tendrían completamente encerrada y asegurada, pero la amaba demasiado como para
dejarla ir. Recorrieron un pequeño pasillo con una habitación al fondo, Raissa
se puso muy nerviosa, seguro esa era la habitación del príncipe ateneo con
quien la habían casado. Se llenó de cólera al pensar que le pudo haber pasado
los días que estuvieron separados, pero no importaba lo importante en ese momento
era que estaba con ella y nunca más la iba a dejar ir.
-Raissa…-se escuchó una voz adormilada. Mierda, que iba a hacer,
agarro a Raissa del brazo y empezó a correr con ella-¡Raissa!
El príncipe ateneo salió de la habitación y
los empezó a seguir, cargó a Raissa ya que estaba tan asustada que le temblaban
las piernas y casi ni se movía. No podía perderla, no, no otra vez.
-¡Guardias, guardias, deténganlos!
Detrás de él aparecieron dos hombres con
espadas y pisándole los talones estaba el principito, el príncipe se lanzó
sobre él y Raissa cayó al piso.
-¡Lykaos!-grito Raissa mientras el príncipe
lo golpeaba en la cara-¡Eustace, no por favor, no, no lo golpees!-Raissa estaba
llorando.
-¡Maldito, como te atreviste!-le grito el
principito pateándolo en el estómago mientras escupía sangre-¡Guardias
aprisiónenlo, a los dos! -es lo último que escucho cuando perdió el
conocimiento.
Raissa sintió como los ojos se le secaban pero
aun así seguía llorando, la celda en que se encontraba era fría y oscura, había
apenas una ventana que daba hacia el exterior pero era demasiado pequeña para
escapar. Pero no podía escapar sin Lykaos, no, sin él no era nada. La puerta de
la celda se abrió y entro Eustace con una expresión fría en el rostro. Se
arrodilló y la miro a los ojos, en ellos se reflejaba la tristeza.
-Raissa-le dijo sollozando-¡¿Por qué me
traicionaste?!
-Yo…
-Raissa yo te amaba-se estremeció por la
verdad de sus palabras, no estaba mintiendo.
-Pero tú…, me tratabas tan fríamente, pensé
que te habían obligado a casarte conmigo, pensé… pensé, pensé que tú me
odiabas-le dijo con la voz entrecortada.
-Yo nunca te he odiado Raissa, siento mucho
haberte tratado con frialdad, es que no sabía cómo tratarte, lo siento mucho-lo
decía en verdad esas palabras le venían del corazón-Raissa si tu prometes no
volver a traicionarme, hare como si esto no hubiera pasado, nadie se enterara,
pero te tienes que quedar conmigo.
-¿Y Lykaos? ¿Qué va a pasar con él?
-Su ejecución ya está programada para esta
tarde-Lykaos iba a morir, no, no podía morir, si él moría ella también lo
hacía.
-¡No, por favor Eustace prometo no
traicionarte nunca más, por favor, pero no lo mates, no mates a Lykaos, por
favor!
-No puedo, se atrevió a entrar al palacio e
intentar secuestrarte, esa ofensa no la puedo permitir.
-¡No por favor, no!-Eustace se paró y salió
de la celda. Raissa no podía estar sin Lykaos, lo amaba más que a su vida, así
como la de él desaparecería esta tarde igual haría la de ella.
Lykaos
despertó en una pequeña celda, le dolía la cara por los golpes del
principito. Raissa debía estar en una de las demás celdas, se acercó a los
barrotes y llamó:
-¡Raissa, Raissa!-nadie le respondió, no
estaba ahí, de repente la tenían en su habitación, sería difícil llegar, seguro
estaba rodeada por guardias. Por el pasillo vio a un hombre que se acercaba, no
podía verlo bien, se alejó de los barrotes un poco temeroso.
-Raissa no está aquí-era el principito-está
en sus aposentos descansando por la mala noche que le has hecho pasar-no dijo
nada.
-Espero que no estés esperando volver a
verte con ella ya que no lo harás, por lo menos no en esta vida-sus palabras lo
dejaron helado-tu ejecución está programada para la tarde-iba a morir, pero él
sabía que eso iba a pasar si iba.
-¿Y Raissa?
-Raissa está feliz por tu ejecución, ella
va a ser feliz conmigo, cuando le dije que la amaba se hecho hacia mis brazos y
dijo que solo estaba huyendo contigo porque sabía que iba a llamar mi
atención-estaba mintiendo, estaba seguro.
-Eso no es cierto.
-Jajajaja, como te atreves a decir eso,
ella no te ama eso tenlo por seguro, solo te veía como un hermano y por eso le
duele verte morir, ¿quieres que te lo pruebe?
-Si-le dijo.
-Está bien, vas poder ver a Raissa antes de
tu fin y ella te dirá la verdad.
Raissa estaba en su habitación sollozando
por la próxima muerte de Lykaos, cuando entro Eustace.
-Raissa si no quieres que Lykaos sufra le
vas a decir que solo hiciste lo que hiciste porque me amabas y querías que te
prestara atención, que solo lo ves como un hermano-no podía, Lykaos iba a
sentir que lo estaba traicionando.
-Y si me niego.
-Pues como dije, antes de su ejecución lo
azotaran hasta que no le quede piel en la espalda y luego lo harán pasear por
una multitud que lo apedreará, y luego de eso será su ejecución-no, no podía dejar
que Lykaos pasara por tanto sufrimiento, cualquiera preferiría la muerte antes
de pasar por ello.
-No te preocupes lo hare, pero no lo hagas
sufrir por favor-sabía que Lykaos posiblemente la acabaría odiando pero tenía
que hacerlo, no quería verlo sufrir.
-Listo, ahora apúrate la ejecución será
pronto.
Lykaos estaba arrodillado al centro de la
pequeña plaza, un hombre con el rostro encubierto sostenía una espada, de
pronto apareció Raissa con los ojos rojos. Sé arrodillo ante él y le dijo:
-Lykaos lo siento debí decirte que te
fueras cuando llegaste a mi habitación, pero…-sollozó-estaba cegada de amor por
-de quien, ¿por él?, estaba seguro de que era por él, si ella le decía que lo
amaba de nuevo, no le iba a importaba morir-por… Eustace, solo quería que me
prestara atención, yo solo te veo como un hermano, lo siento-Raissa, su amada
Raissa le había mentido, había jugado con sus sentimientos y los había tirado a la basura, lo había traicionado.
-Por favor, dime que es mentira… por favor.
-No es mentira, los siento Lykaos-Raissa se
alejó y acto seguido la espada le corto la cabeza.
Mientras su alma navegaba por los cielos pidió
a los dioses no olvidar esa traición, la traición de su amada, pero sobre todo pidió
volver a verla y sentir todo lo que no había
sentido antes por ella.

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